En la economía nadie está en las gradas: todas y todos jugamos. La pregunta es si seguiremos con un reglamento que no escribimos o si empezamos a imaginar uno mejor.
Jorge Oseguera Gamba y Rodrigo Pontón
12 de junio 2026
Esta semana arrancó la Copa del Mundo en el Estadio Azteca, y con él vuelve una discusión que se repite cada cuatro años. Discutiremos si una falta fue justa, si el VAR acertó, si una regla debería cambiar. Lo haremos porque entendemos algo muy simple: las reglas del futbol no son naturales. Alguien las escribió. El fuera de lugar no existía en los primeros años del juego. Las tarjetas aparecieron después. Los cambios, el tiempo agregado y el propio VAR llegaron mucho más tarde. Cada regla fue producto de acuerdos, discusiones y decisiones humanas. Ninguna de ellas cayó del cielo.
Sin embargo, cuando hablamos de economía solemos pensar distinto. Damos por hecho que crecer siempre es bueno; que el mercado se ordena solo; que el éxito económico puede resumirse en una cifra; que el Producto Interno Bruto nos dice si el país avanza o retrocede. Hablamos de estas ideas como si fueran leyes de la naturaleza, cuando en realidad también son acuerdos humanos. Son reglas construidas en contextos específicos, por personas concretas y bajo determinadas visiones del mundo. La pregunta entonces es inevitable: Si podemos revisar las reglas del futbol, ¿por qué nos cuesta tanto imaginar cambios en las reglas de la economía?
La propia FIFA ofrece una pista incómoda. Es la institución encargada de organizar el juego y definir sus reglas, pero durante años ha sido cuestionada por temas relacionados con transparencia, concentración de decisiones y distribución de beneficios. Algo parecido ocurre con muchos de los organismos e instituciones que moldean la economía global. La pregunta es la misma dentro y fuera de la cancha: ¿quién escribió las reglas y a quién benefician?
Ya lo planteamos en este artículo: lo que medimos define lo que perseguimos. Si el único marcador que miramos es el PIB, vamos a jugar a aumentarlo, aunque el país no esté mejor. Durante décadas, el PIB ha sido el gran tablero de resultados de nuestras sociedades. Pero cada vez resulta más evidente que una economía puede crecer mientras aumentan la desigualdad, la precariedad, la pérdida de vínculos comunitarios o el deterioro ambiental. El propio informe de Naciones Unidas, Contar lo que cuenta, lo dijo sin rodeos: una economía puede crecer al mismo tiempo que el bienestar de la gente y la salud del planeta se deterioran.
Tal vez la pregunta más importante no sea cuánto crecimos. Tal vez sea: ¿para qué estamos jugando? Cuando formulamos la pregunta de esa manera, empiezan a aparecer nuevas posibilidades.
En México y en muchas partes del mundo existen personas, organizaciones, comunidades y gobiernos que llevan años explorando otras formas de entender la economía. No comparten una receta única ni un mismo manual, pero sí una convicción común: la economía debería estar al servicio de la vida. A este conjunto diverso de propuestas le llamamos economías alternativas. Algunas nos invitan a preguntarnos cuánto es suficiente y qué significa realmente prosperar. Otras nos recuerdan que el cuidado también genera valor. Otras muestran que la cooperación puede ser tan poderosa como la competencia. Otras buscan que los materiales circulen y se regeneren en lugar de convertirse en residuos.
La economía de la dona, propuesta por la economista Kate Raworth, dibuja un espacio seguro entre dos límites. Un piso, debajo del cual nadie debería quedarse sin lo básico, como comida, salud, vivienda o educación. Y un techo, que es lo que el planeta puede aguantar. La meta deja de ser crecer sin fin y pasa a ser vivir bien dentro de esos dos bordes.
La economía del bienestar lleva esa misma lógica al terreno de los gobiernos: diseñar el presupuesto y las políticas para que la prioridad sea la salud, el tiempo, la naturaleza y la confianza entre las personas, y no únicamente la cifra de producción. Varios países, de Escocia a Nueva Zelanda, ya organizan así parte de sus decisiones.
La economía de los cuidados hace visible el enorme trabajo que sostiene diariamente la vida y que históricamente ha permanecido fuera de las estadísticas y de las prioridades económicas. En México lo hacen sobre todo las mujeres, suele ser gratuito y, aun así, sostiene todo lo demás. Reconocerlo, repartirlo y darle valor también es economía.
La economía circular busca transformar el modelo de producir, consumir y desechar, para construir sistemas donde los recursos permanezcan en uso durante más tiempo y los residuos se reduzcan al mínimo.
Y están las economías comunitarias, solidarias y cooperativas, que no son ninguna moda reciente. En muchos pueblos y barrios del país la gente ya organiza el trabajo, el ahorro y la tierra de forma colectiva, con figuras como las cooperativas, el tequio o las cajas de ahorro. Funcionan. Lo que pocas veces hacemos es nombrarlas como lo que son: economía.
Aquí conviene aclarar algo, sobre todo en temporada de Mundial. Estas economías no compiten entre sí por ver cuál se queda con el título. No son selecciones rivales. Comparten la misma portería: una economía al servicio del bienestar de las personas y del planeta. Cada una aporta desde su posición, como en un equipo donde la defensa, la media y la delantera juegan distinto pero hacia el mismo lado. Creer que debemos elegir una sola alternativa para descartar todas las demás es permanecer atrapados en una lógica que reduce todo a competencia permanente.
La buena noticia es que, si las reglas se escribieron, se pueden reescribir. Ya ocurrió muchas veces en el futbol. Y ocurre todos los días cuando una comunidad decide organizarse de otra manera, cuando una empresa redefine qué entiende por éxito o cuando un gobierno incorpora nuevas formas de medir el bienestar.
Y hay algo más. A diferencia del futbol, en la economía nadie está en las gradas. Participamos cuando trabajamos, cuando consumimos, cuando cuidamos, cuando compartimos, cuando ahorramos, cuando votamos y cuando decidimos qué valoramos como sociedad. Ya estamos en la cancha. Lo que está por verse es si seguiremos jugando con un reglamento que no escribimos y que cada vez nos convence menos, o si empezamos a cambiarlo. En próximas entregas, discutiremos más a fondo estas y otras economías alternativas.
Mientras el balón rueda este verano y millones de personas debatimos apasionadamente sobre las reglas del futbol, quizá valga la pena hacernos otra pregunta. ¿Y si las reglas que organizan nuestra economía tampoco cayeron del cielo? Porque si fueron construidas por personas, también pueden ser replanteadas por personas. Y porque otra economía no sólo es posible. En muchos lugares, ya se está jugando con nuevas reglas.
*Jorge Oseguera Gamba es investigador en el Centro de Investigación en Ciencias Cognitivas (CINCCO) de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Es miembro de la International Society of Quality of Life Studies (ISQOLS), fundador del Grupo Transdisciplinario sobre Estudios del Bienestar, miembro de la Alianza para la Economía del Bienestar (WEAll) y de Economías Alternativas México.
* Rodrigo Pontón es estratega en comunicación regenerativa, sostenibilidad corporativa y narrativa de impacto. Actualmente coordina procesos de comunicación y narrativa pública en Economías Alternativas México y colabora con organizaciones que impulsan transiciones hacia modelos económicos más justos y regenerativos.
Economías Alternativas México (EA MX) es una plataforma multiactor que reúne a organizaciones de la sociedad civil, la academia y los sectores público, privado y comunitario en torno a una convicción común: que es posible y urgente transformar el sistema económico para que ponga en el centro la dignidad humana, la regeneración ecológica y la justicia social. Trabaja articulando iniciativas, fortaleciendo capacidades e incidiendo en políticas públicas.

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