¿Qué significa una economía al servicio de la vida?

Hace unos días escuché una conversación en un supermercado. Una niña de unos seis años, sostenía una caja de fresas entre las manos mientras se acercaba a su mamá.

Las miró un momento y preguntó:

—¿Las podemos llevar?

Su mamá apenas volteó a verla.

—No nos alcanza, dijo. ¡Devuélvelas!

La niña regresó la caja a su lugar de mala gana y siguió caminando. La escena duró apenas unos segundos. Pero mientras la observaba me pregunté cuántas veces habremos aprendido la misma lección sin darnos cuenta. Y sobre todo cuántas veces, yo mismo, he trasladado esa creencia, a mis propios hijos.

Quizá ahí, entre los pasillos de un supermercado, es donde la mayoría aprendemos nuestra primera definición de economía: La economía es eso que decide si alcanza o no alcanza. Si puedes comprar las fresas. Si puedes pagar la renta. Si puedes salir de vacaciones. Si puedes llegar al final del mes. Y entonces seguimos creciendo convencidos de que la economía tiene que ver, sobre todo, con el dinero. Es curioso, pero también injusto, al mismo tiempo. Nunca nos cuestionamos si ese fue siempre el significado de la economía.

Cuando escuchamos la palabra economía, casi todos pensamos en mercados, inflación, bancos, inversiones o crecimiento. Pocas personas pensarían en una cocina. O en un huerto. O en una mesa compartida. O en una red de cuidados. O en una comunidad que organiza el suministro de agua potable. Y, sin embargo, ahí también ocurre la economía.

Hace más de dos mil años, los griegos utilizaban una palabra que hoy sigue dando nombre a esta disciplina: oikonomía. Literalmente significaba la administración de la casa. No de una casa entendida como propiedad. Sino como el lugar donde transcurre la vida, lo cual podía ser un territorio local, una región o hasta un reino. La casa era el espacio donde había que organizar los alimentos, distribuir el trabajo, cuidar de las personas, administrar los recursos disponibles y procurar que todos pudieran vivir bien. La cuestión no se trataba de cuánto dinero podían acumular sus habitantes, sino de qué se necesitaba para sostener la vida.

Con el paso de los siglos, la economía fue transformándose. Era inevitable. Las sociedades cambiaron. Los mercados crecieron. Las ciudades se expandieron. El comercio conectó continentes. La industria aceleró la producción. Todo eso amplió enormemente el campo de estudio de la economía. Pero en algún momento ocurrió algo más difícil de nombrar. Sin darnos cuenta, dejamos de utilizar el dinero para comprender la economía y comenzamos a utilizar la economía para producir dinero. El medio empezó a convertirse en el fin. Y quizá ahí comenzó una confusión que todavía nos acompaña. Porque cuando escuchamos que la economía “va bien”, casi siempre pensamos en cifras. Rara vez pensamos en los bosques. En los ríos. En el tiempo disponible para cuidar a nuestros hijos. En la salud mental. En la confianza entre vecinos. En la calidad de los alimentos. En la posibilidad de vivir con dignidad. Como si todas esas cosas pertenecieran a otra conversación.

Tal vez la pregunta nunca ha sido cuánto produce una economía. Tal vez la pregunta siempre fue, ¿para qué se produce? O más importante aún; ¿para quién? Porque una economía capaz de generar riqueza mientras destruye aquello que sostiene la vida, plantea una paradoja difícil de ignorar. ¿Cómo puede llamarse prosperidad si para alcanzarla agotamos los suelos que nos alimentan? ¿Cómo puede llamarse desarrollo si deja comunidades más frágiles, bosques talados, ríos contaminados o animales desplazados? ¿Cómo puede llamarse éxito si cada vez tenemos vidas más largas, pero menos tiempo para vivirlas?

No tenemos una única respuesta. Pero eso no es una debilidad, sino una oportunidad. Lo que sí sabemos es que cada vez más personas, comunidades, cooperativas, empresas sociales y territorios están explorando formas distintas de producir, intercambiar, cuidar y prosperar.

Las economías alternativas no nacen de una receta universal. Nacen de la convicción de que es posible organizar la vida económica de maneras más justas, regenerativas y humanas. Porque las sociedades terminan pareciéndose a las preguntas que deciden hacerse. Y cuando empezamos a preguntarnos cómo construir bienestar sin dejar a nadie atrás y sin rebasar los límites del planeta, comienzan a aparecer caminos que antes no eran visibles.

A veces pensamos que cambiar la economía significa transformar los grandes mercados o reformar instituciones enormes. Quizá también sea eso. Pero antes de todo eso hay otra transformación, mucho más silenciosa y consiste en recuperar la capacidad de mirar. De volver a reconocer la economía allí donde siempre había estado. De entender la economía como un medio para administrar nuestras casas, y no como el fin.

Pienso otra vez en aquella niña. Imagino que algún día volverá a preguntar por qué las fresas se quedaron en el supermercado, o tal vez pregunte si hay otras formas para poder probar esas fresas, o incluso únicamente aprovechar su olor en el jardín de su casa. Quizá su mamá vuelva a responderle exactamente lo mismo. O quizá, sin darse cuenta, la conversación tome otro rumbo. Porque hay preguntas que empiezan hablando de dinero y terminan hablando de la vida. Y tal vez eso haya sido la economía desde el principio.

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