Cada vez que se anuncian cifras positivas sobre el crecimiento económico de un país, solemos escuchar el mismo mensaje: la economía va bien.
Pero vale la pena hacer una pausa y preguntarnos algo más profundo. ¿Significa eso que vivimos mejor?
Imagina por un momento un país donde la economía crece año con año. Al mismo tiempo, aumentan los problemas de salud mental, se degradan los ecosistemas, desaparecen pequeños negocios locales, el costo de la vivienda se vuelve inaccesible y millones de personas trabajan más horas para apenas sostener su nivel de vida.
Las cifras dicen que el país progresa. La experiencia cotidiana cuenta otra historia.
El indicador más famoso del mundo.
Desde hace décadas, el Producto Interno Bruto (PIB) se ha convertido en la medida más utilizada para evaluar el desempeño económico de los países.
Su función es sencilla: contabilizar el valor monetario de los bienes y servicios producidos durante un periodo determinado. Es una herramienta útil para conocer el tamaño y la actividad de una economía.
El problema comienza cuando confundimos actividad económica con bienestar. Porque el PIB responde muy bien a una pregunta: ¿Cuánto dinero se mueve?
Pero deja muchas otras sin responder.
- ¿Las personas viven con dignidad?
- ¿Las comunidades son más fuertes?
- ¿Los ecosistemas están más sanos?
- ¿Existe mayor confianza entre las personas?
- ¿Tenemos tiempo para cuidar de quienes amamos?
Lo que no se mide, rara vez se protege.
Imaginemos dos situaciones:
Una comunidad organiza una red de cuidados donde vecinos y vecinas se apoyan para cuidar a niñas, niños y personas mayores. Nadie intercambia dinero. Sin embargo, mejora la calidad de vida de cientos de familias. Para el PIB, prácticamente no ocurrió nada.
Ahora pensemos en un incendio forestal.
La emergencia moviliza recursos, maquinaria, seguros, reconstrucción y múltiples actividades económicas. El PIB aumenta. Pero el bosque desapareció.
Lo mismo ocurre cuando se tala un ecosistema para urbanizarlo, cuando aumenta la contaminación o cuando una enfermedad obliga a gastar más en atención médica. Muchas de estas actividades incrementan el movimiento económico. Eso no significa que generen bienestar.
Cambiar la pregunta.
Cada vez más investigadores, gobiernos y organizaciones internacionales coinciden en que el crecimiento económico, por sí solo, no basta para comprender el progreso de una sociedad.
Hoy sabemos que una economía saludable debe ser capaz de generar prosperidad sin deteriorar las condiciones que hacen posible la vida.
Eso implica observar aspectos que durante mucho tiempo quedaron fuera de la conversación económica: la salud de los ecosistemas, la distribución de la riqueza, el acceso a oportunidades, el trabajo de cuidados, la cohesión social y la capacidad de las comunidades para decidir sobre su propio futuro.
No se trata de dejar de medir la economía. Se trata de medir aquello que realmente importa.
Una economía al servicio de la vida.
En Economías Alternativas México creemos que la economía no es un fin en sí mismo. Es una herramienta. Y como toda herramienta, su propósito debería ser mejorar la vida de las personas y fortalecer los territorios de los que dependemos.
Por eso hablamos de una economía al servicio de la vida. Una economía que reconoce que prosperar no significa producir más a cualquier costo, sino crear las condiciones para que todas las personas puedan vivir con dignidad dentro de los límites del planeta.
Una economía que entiende que la cooperación también genera riqueza. Que el cuidado también crea valor. Que regenerar un bosque puede ser tan importante como construir una carretera. Que fortalecer una comunidad también es desarrollo.

La conversación apenas comienza.
Quizá la pregunta ya no sea cuánto crece la economía, sino qué tipo de economía estamos haciendo crecer. Porque aquello que decidimos medir revela lo que valoramos. Y aquello que valoramos termina dando forma al país que construimos.
En Economías Alternativas México queremos abrir esa conversación. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque creemos que las mejores preguntas pueden cambiar la manera en que imaginamos el futuro. Y tal vez la más importante de todas sea esta:
Si la economía existe para servir a las personas, ¿cómo sabríamos que realmente lo está logrando?

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